De Ducasse à Maldoror

Les yeux sanguinaires de Zorilla (version espagnole)

In Non classé on 16/03/2016 at 08:52

 

María Helena Barrera-Agarwal

« Je constate, avec amertume, qu’il ne reste plus que quelques gouttes de sang dans les artères de nos époques phtisiques. Depuis les pleurnicheries odieuses et spéciales, brevetées sans garantie d’un point de repère, des Jean-Jacques Rousseau, des Châteaubriand et des nourrices en pantalon aux poupons Obermann, à travers les autres poètes qui se sont vautrés dans le limon impur, jusqu’au songe de Jean-Paul, le suicide de Dolorès de Veintemilla, le Corbeau d’Allan, la Comédie Infernale du Polonais, les yeux sanguinaires de Zorilla, et l’immortel cancer, Une Charogne, que peignit autrefois, avec amour, l’amant morbide de la Vénus hottentote, les douleurs invraisemblables que ce siècle s’est créées à lui-même, dans leur voulu monotone et dégoûtant, l’ont rendu poitrinaire. Larves absorbantes dans leurs engourdissements insupportables !»

Poésies, I, 27

 

  1. Introducción

Dentro del famoso párrafo de Poésies citado, apenas dos autores pertenecen a la literatura en lengua española, “Dolores de Veintemilla”, y « Zorilla ». A diferencia de los demás escritores evocados por Ducasse, el determinar la exacta identificación de ambos no ha sido tarea simple. La identidad de Dolores Veintimilla y el modo probable en que su nombre y su suicidio llegaron a las páginas de Poésies han sido temas de compleja y amplia dilucidación. Otro tanto ha sucedido respecto de « Zorilla », y del detalle que acompaña tal nombre, la referencia, aparentemente imposible de comprender, a « les yeux sanguinaires ».

Por más de un siglo se ha intentado clarificar el sentido de esas palabras. Al considerarlas, Valery Larbaud las encontró tan inescrutables que sugirió la posibilidad de un error de tipografía que habría introducido la palabra “yeux” [“ojos”] en lugar de “dieux” [“dioses”].[1] La mayoría de la crítica ha aceptado la validez del texto, especulado consistentemente que el poeta aludido es José Zorrilla y Moral, el vate español romántico de mayor fama al momento en que Ducasse escribe su libro.[2] Empero, ningún vínculo real ha podido hallarse para dar solidez a tal especulación. En ningún texto de Zorrilla se encuentra mención de ojos “sanguinarios”, “sangrientos” o “sanguinolentos” – opciones todas posibles en castellano. La razón por la que Ducasse eligió a « Zorilla » para integrarlo a su texto, y, aún más, el significado de « les yeux sanguinaires » a él relacionados, han quedado así en el misterio.

La presente nota propone una teoría que confirmaría la identificación de José Zorrilla y Moral como el « Zorilla » de Poésies. Busca justificar tal identificación en base a evidencias que prueban la relación de amistad que Zorrilla mantuvo con un poeta uruguayo, Alejandro Magariños Cervantes. Propone, en fin, que Ducasse conocía de la existencia de las ediciones originales de dos obras publicadas por esos escritores, y que los contenidos de esos trabajos y los vínculos entre sus autores brindan contexto y explicación a la oscura alusión incluida en Poésies.

 

  1. La Rosa de Alejandría

 

En 1852, Alejandro Magariños Cervantes, joven uruguayo de veintisiete años, publica en Madrid un libro intitulado Celiar, leyenda americana en varios metros.[3] El título es autoexplicativo – se trata de una historia de ribetes románticos, redactada en verso. La trama está claramente influenciada por aquellas de Chateaubriand. Un elemento, empero, busca atemperar lo bien conocido de tales creaciones: Magariños incluye en su trabajo elementos vernáculos, que producen una impresión exótica apta a atraer el interés del público europeo. Los mismos se incluyen tanto en el texto como en los contenidos gráficos del libro.[4] Las abundantes ilustraciones procuran resaltar la singularidad de lo americano.

El mérito literario de Celiar es muy relativo. Empero, la obra hallará considerable éxito en su tiempo.[5] Tal aceptación debe comprenderse a la luz de dos factores, su publicación en España, y los homenajes que recibe de autores altamente reconocidos a la época. La edición original de Celiar se halla prologada, en términos elogiosos, por el ya famoso Ventura de la Vega. De modo aún más significativo, en 1854, pocos meses después de la aparición del libro, el poeta español José Zorrilla y Moral dedica a Magariños una obra suya, La Rosa de Alejandría,[6] mencionando en el prólogo que se ha inspirado en Celiar al crearla:

« La lectura de tu Celiar, que no conocía, ha sido la fuente que me ha suministrado el agua con la que he regado la tierra, para plantar mi Rosa: su inspiración, pues, nos pertenece a medias. »[7]

Lo efusivo de la opinión de Zorrilla se debe, probablemente y en gran parte, a la amistad que ha trabado con Magariños. Esa relación se transparenta en evidencia simple de hallar: la primera edición de La Rosa de Alejandría aparece en una publicación fundada, en Madrid, por el uruguayo, la Revista española de ambos mundos. El prólogo detalla el modo en que Magariños ha tornado explícita su admiración por Zorrilla incluso antes de conocerlo personalmente. Documenta además la insistencia de Magariños para que Zorrilla le confíe un texto a publicar en su revista, citando en su totalidad una carta del primero en tal sentido.

  1. Celiar y los “ojos sangrientos”.

Cuando Zorrilla reedita su La Rosa de Alejandría en formato libro, en 1857, no incluye el prólogo en el que se refiere a Magariños.[8] Empero, puede asumirse que éste garantizó que tanto Celiar como el volumen de la Revista española de ambos mundos en el que se incluía el prólogo de Zorrilla a su respecto, circulasen lo más ampliamente posible entre las élites intelectuales de América Latina. Ello se evidencia, en particular, respecto de su país de origen, Uruguay. En 1878, en un artículo dedicado a Magariños, su contemporáneo y colega José Antonio Tavolara resaltará cómo:

“el juicio literario puesto por D. Ventura de la Vega en la edición ilustrada de Celiar, basta para formar la reputación de cualquier escritor. El eminente poeta D. José Zorrilla le dedicó la preciosa leyenda La Rosa de Alejandría, inspirada por la lectura de Celiar, según lo declara en una amistosa carta”.[9]

Y, ya entrado el siglo diecinueve, aún se difundirá la anécdota como marca cierta de prestigio:

« En el Celiar de Magariños se inspira Don José Zorilla al escribir La Rosa de Alejandría, que está dedicada al uruguayo. »[10]

A su retorno al Uruguay, en 1855, Magariños goza de una gran influencia. En adición a su fama como autor – cimentada, como se ha visto, con los encomios de dos de los más renombrados vates europeos de la época, – Magariños posee una sólida formación jurídica obtenida en España. Por el resto de su vida, ambas ventajas se cristalizarán en éxitos. Profesionalmente, Magariños detentará altos cargos en su país. Literariamente, habrá de pasar a la historia como uno de los adalides del romanticismo en el Uruguay. Esa confluencia lo convertirá en figura omnipresente:

« En largos años de vida gozó de todos los honores y los cargos: juez, ministro, catedrático de Derecho y rector de la Universidad de Montevideo, corresponsal de la Academia Española. Le elogian sus coetáneos y le admiran los jóvenes. En América estudian su obra Sarmiento, Gutiérrez, Bilbao, Mármol, Baralt. En España, Larra, Castelar, Zorrilla, Cánovas. »[11]

Ducasse no podía dejar de estar al tanto de la existencia de Magariños, en razón de la preponderancia de éste último dentro de la escena literaria uruguaya en las décadas de los cincuenta y de los sesenta del siglo diecinueve. ¿Leyó Celiar? ¿Estuvo al tanto de los elogios de Zorrilla? Es imposible probarlo con certeza absoluta, en ausencia de un testimonio directo. Empero, un detalle fundamenta tal suposición: en la página 73 de la edición original de Celiar, luego de una viñeta que presenta una serpiente de cascabel y, como parte de una descripción de un ámbito tan artificialmente salvaje como románticamente predecible, se lee:

 

« ¿O acaso vaga en la selva

algún cimarrón famélico,

y en el disco de la luna

clava sus ojos sangrientos,

tiende el cuello, el aire aspira,

y hacia el llano dirigiéndose

con triste, fúnebre aullido

convoca a sus compañeros

para caer como hienas

sobre el ganado indefenso? »[12]

 

Al leer esos versos y otros de tono similar, resulta difícil creer que Zorrilla encontrase apropiado el elogiar abundantemente la obra, y, aún más, el declarar que hallaba inspiración en la misma. El pasaje confirma lo relativo del mérito de Magariños como poeta. Lo poco afortunado de los lugares comunes en la estrofa citada se halla apenas matizado por un término americano – « cimarrón » por « perro salvaje » – explicado luego en el abundante glosario que acompaña al poema.  En tal contexto, la expresión « ojos sangrientos » es de particular interés. Se destaca por lo forzado y excesivo, características que la tornan, paradójicamente, memorable.

 

  1. Conclusión

 

Al considerar la existencia de la expresión « ojos sangrientos » en Celiar, y la conexión entre Magariños y Zorrilla – representantes, ambos, de la escuela romántica aborrecida por Ducasse – la mención en Poésies puede interpretarse como una alusión doble. La más obvia, desde luego, apunta al propio Zorrilla y a su obra. La segunda, críptica, concierne a Magariños, a su trayectoria irresistible, a sus victorias literarias en dos continentes, obtenidas a pesar de lo precario de su talento poético. Bendecido por Zorrilla, elevado a posiciones que serán inalcanzables en vida para el joven Ducasse, Magariños es reducido en la obra de éste último a una sombra detrás de la sombra de Zorrilla – destino último e inapelable.

 

El interés de una posible alusión sobre Magariños va más allá de su mera inclusión críptica dentro del pasaje de Poésies. Apunta a las lecturas y al ámbito intelectual con el que Ducasse pudo estar en contacto en Uruguay.

Como se recordará, una de las posibles fuentes de los datos que Ducasse recoge en Poésies sobre Dolores Veintimilla es el folleto de Ricardo Palma intitulado Dos poetas, apuntes de mi cartera.[13] Esa publicación contiene dos artículos, el texto sobre la poeta ecuatoriana, precedido de un ensayo sobre el poeta argentino Juan María Gutiérrez. En éste último, Palma menciona expresamente a Magariños, en dos ocasiones, detallando que éste lo han ayudado con datos biográficos sobre Gutiérrez. Como se colige de tal afirmación, Magariños es buen amigo tanto de Gutiérrez como de Palma, lo que da pábulo a asumir que las publicaciones de éste último han debido hallar espacio en la biblioteca del primero, en Montevideo.

La figura de Magariños posee también interés por sus vínculos – tanto personales como familiares – con Francia y con los círculos diplomáticos uruguayos. En 1853 Magariños se halla en París, ciudad en la publica dos libros. En 1854, es nombrado secretario de la legación del Uruguay ante el gobierno francés, misión diplomática que encabezará su tío, Francisco de Borja Magariños, como Ministro Plenipotenciario del Uruguay ante ese país. En 1869, ocupa brevemente la cartera de Relaciones Exteriores del Uruguay.

Su primo Mateo es también Ministro de Relaciones Exteriores en 1854 y 1876. Ejerce, además, como Encargado de Negocios del Uruguay en París, desde octubre de 1871. Una de las hijas de Mateo, Matilde, contrae matrimonio con Louis Edouard Fernand, Conde de la Tour de Saint Igest, quien, probablemente en razón de esa relación, ejerció como Cónsul General del Uruguay en El Havre, Francia, desde 1876.

 

[1] Larbaud, Valery, Les Poésies d’Isidore Ducasse, en La Phalange, 20 Février 1914, pp. 148

[2] Notable excepción a tal suposición generalizada es aquella propuesta por Jean-Pierre Lassalle, quien sugiere que Ducasse pudo referirse a Francisco de Rojas Zorrilla, poeta español del siglo diecisiete. Lassalle, Jean-Pierre, La biblioteca del Liceo de Pau, en Lautréamont y Laforgue en Su Siglo: Texto Compuesto a Partir de Las Actas Del Coloquio Celebrado en Setiembre de 1994 en Las Ciudades de Tarbes y Pau (Francia), Centro Transcultural Confluencia Francouruguaya, Ediciones del Bichito, Montevideo, 1998, p. 272-273.  Lassalle sostiene que la mención de “les yeux sanguinaires” se comprendería entonces como una alusión a la pieza No hay ser padre siendo rey, en la que se incluyen escenas en las que se extraen ojos. Tal posibilidad, empero, debe asumirse errónea, porque implicaría una alusión sin conexión alguna con el espacio temporal del siglo establecido expresamente por Ducasse – “les douleurs invraisemblables que ce siècle s’est créées à lui-même” (énfasis añadido). Todos y cada uno de los autores mencionados por Ducasse se hallan activos dentro de tal espacio temporal. Adicionalmente, habría sido muy difícil que Ducasse se hubiese referido al poeta usando el apellido materno, Zorrilla, en lugar de aquel paterno, Rojas.

[3] Magariños Cervantes, Alejandro, Celiar, leyenda americana en variedad de metros, Establecimiento Tipográfico de D. F. de P. Mellado, Madrid, 1852.

[4] Las ilustraciones han sido ejecutadas por Vicente Urrabieta y Ortiz, notable artista.

[5] Desde inicios de diciembre de 1852, Celiar será reeditada en formato folletín en el diario madrileño La Nación. Margariños Cervantes, Alejandro, Celiar, en La Nación, Año cuarto, No. 1040, miércoles 1 de diciembre de 1852, Madrid, p. 1. El mismo diario ha editado poco antes, también en formato folletín, Caramurú, novela de Magariños, y publicará numerosas reseñas y notas admirativas respecto al autor uruguayo.

[6] Zorrilla y Moral, José, La rosa de Alejandría, leyenda, en La revista española de ambos mundos, Tomo Segundo, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid, 1854, en dos entregas, (I) p. 230, y (II) p. 354.

[7] Ídem, ibidem, p. 231

[8] Zorrilla y Moral, José, La rosa de Alejandría. Leyenda inédita, original y en verso, Establecimiento tipográfico de Don Francisco de P. Mellado, Madrid, 1857. Como se puede observar del título, existe una curiosa discrepancia: al momento de publicarse en 1857, La rosa de Alejandría no es inédita, se ha publicado ya, en la revista de Magariños, en el propio establecimiento tipográfico en el que se edita luego como libro. Esa insistencia en su carácter inédito y la desaparición del prólogo son detalles elocuentes cuyo significado exacto debe investigarse.

[9] Tavolara, José Antonio, Escritores uruguayos, El Panorama (semanario literario), No. 12, Montevideo, 24 de noviembre de 1878

[10] García Calderón, Ventura, Barbagelata, H.D., La literatura uruguaya (1757-1917), en Revue Hispanique, Tome XL, Número 97, Librarie C. Klincksieck, Paris, Juin, 1917,  p. 457

[11] Ídem, ibídem.

[12] Magariños Cervantes, Alejandro, Celiar, leyenda americana en variedad de metros, op. Cit., p. 73

[13]   Palma, Ricardo, Dos poetas, apuntes de mi cartera, Imprenta del Universo de G. Helfmann, Valparaíso,1861

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